Reseña: Tokio, Estación de Ueno, de Yū Miri

Obra ganadora en 2020 del National Book Award de Literatura.

Tokio, estación de Ueno es un libro atravesado por las paradojas, por el desencanto y una melancolía que duele. Un libro que obra como denuncia de todo un sistema, una amarga fábula que nos muestra el demoledor deterioro de las estructuras sociales dentro de las grandes urbes capitalistas del mundo «desarrollado». Un alegato contra la farsa establecida de un mundo que celebra Juegos Olímpicos y a la vez entierra al individuo, lo somete al exilio dentro de las propias ciudades y lo degrada a la nada misma. La paradoja de estar ambientada en una estación de trenes, símbolo ejemplar del triunfo económico y el progreso de Japón después de la guerra. Aun así, ese triunfo no es lo que a simple vista podría parecer y ese progreso está construido sobre miles de vidas invisibles, vidas que viven al margen de donde quiera que lleven esas vías. Son vidas tristes y apagadas, desdibujadas por un sistema al que le resultan marginales, necesarias y a la vez prescindibles.

Kazu, nuestro protagonista es un hombre abnegado y sacrificado, que consumió su existencia en trabajar a sol y sombra, toda una vida de trabajo extenuante para poder en sus últimos años disfrutar de su familia y una existencia plácida. Pero la vida juega de maneras tramposas y nuestro protagonista lo perderá todo, incluso su propio ropaje mortal. Ahora es una suerte de espíritu atrapado en los confines de la estación de Ueno, es uno más entre los sin techo, entre los indigentes que pueblan esa estación de la desesperanza. Allí convivirá con el dolor y la pérdida y será testigo y nos hará testigos a nosotros de las vidas de estos seres y de otros transeúntes y paseantes y también de la historia de Japón a través de diversos sucesos acaecidos en la zona de la estación. Sucesos siempre trágicos y violentos, tristes y amargos, un mapa ferroviario del existir humano cuyas líneas férreas trazan la miserabilidad del comportamiento humano para con sus semejantes.

La prosa se desliza ténuemente por las páginas, el ritmo es muy sosegado y posee la impronta propia de la melancolía. La atmósfera es delicada y sutil, no necesita de grandes sobresaltos para mostrarnos la realidad de este escenario y todas sus particularidades, sus injusticias y sus paradojas. En su nuevo estado de insustancia nuestro personaje se percibe más humano que nunca, todo a su alrededor se le muestra de una forma que nunca pudo llegar a percibir estando vivo. Las historias de Kazu y del parque que se extiende junto a la estación están íntimamente unidas. La historia de Japón atraviesa al parque y este atraviesa a Kazu hasta llegar a un final que deriva en lo onírico, y logramos percibir así la disolución de los recuerdos del protagonista en un maremagnum de emociones… y no diré más… porque este libro hay que sentirlo… hay que vivirlo…

Una joya, una maravilla de maravillas. que trajo Editorial Impedimenta.