Reseña: Slava
Viví un viaje épico junto a Slava, Nina, Lavrine y Volodia. Ascendí a la cima y caí en los mismos abismos que ellos, al mismo tiempo que ellos. Si no la ha leido, nadie puede imaginar la grandeza de esta epopeya por la que me guiaron. Aunque haya algunos momentos en el segundo álbum donde el impulso flaquee un poco y aunque a veces la vulgaridad se imponga, o el equilibrio de la narrativa se vea amenazado por esta representación de toda la depravación humana, y aunque a veces desees que la trama avance (un poco) más rápido; este viaje épico que viví solo podrán imaginarlo los que los hayan vivido/leído porque Slava es de esos pocos cómics que los devoras y sabes que pervivirán en tu recuerdo. Y es que, en realidad, me resulta bastante difícil hablar de Slava. Desde muy pequeño, quizás por mi pasada infancia ochentera en tierra estadounidense, tengo un interés inexplicable por Rusia. Este país me ha fascinado durante años, y tuve la oportunidad de aprender bastante sobre ella por medio de un amigo moscovita que a día de hoy creo que reside allí. Siempre me encantó la enorme diferencia entre los europeos occidentales y este mundo tan distinto que inicia
Oriente. En su día, profundicé en su historia y, al igual que Gomont, me asombraron (y me quedo corto) los años de Yeltsin. La desintegración de la URSS y la sórdida violencia de quienes se convertirían en oligarcas…
En resumen, este cómic, es todo eso. Slava es el tipo de historia que quieres que tenga un final feliz, pero sabes desde el principio que será una tragedia. Y debo decir que su final es increíblemente triste, sobre todo porque has tenido tiempo de encariñarte con los personajes. Terminar este cómic que recién publica Yermo Ediciones duele mucho. Pero… ¡Intenta resumir Slava en tres párrafos sin desvelar demasiado!
Con la inmensidad del paisaje ruso como telón de fondo, así como los restos de la arquitectura soviética, dos recolectores de chatarra se dedican a una actividad muy sospechosa: adquirir todo tipo de baratijas que podrían interesar a ricos inversores. Uno
es Dimitri Lavrine, un traficante sin escrúpulos. En su mente, todo se puede comprar y vender. El otro es Slava Segalov, un artista que ha abandonado sus sueños de fama e intenta abrirse camino en este nuevo mundo que se abre ante ellos, y sigue a Dimitri a regañadientes, dividido entre su ética y la deuda que le debe. Al comienzo de esta historia, están ocupados rescatando cualquier objeto de valor de un edificio abandonado. Pero nada saldrá según lo planeado…
Slava es un tríptico que retrata un país desorientado que se embarca en una transición incierta, presagiando la Rusia actual. Sus personajes son entrañables, tanto en sus virtudes como en sus defectos. El arte de Gomont, que combina bocadillos de diálogo con dibujos explicativos y pasajes silenciosos, a la vez que ofrece diálogos impactantes y momentos de tensión, es controlado y claro, como es su costumbre. No se pierdan una
lectura que intenta hacer tangible lo que fue el colapso de la URSS y lo que vivieron los rusos. Una historia gráfica para ayudarte a entender…, con un humor realmente efectivo y con un ritmo que se mantiene durante toda la trama. Y un final perfecto y conmovedor.
Menudo sorpresón.